jueves, enero 28, 2016

Esa maldita Tevé de la inocencia.

Eran otros tiempos y otras tragedias.
En casa, nuestra tevé era de catorce pulgadas, de una marca irreconocible y con la que hacíamos acrobacias con la antena tratando de sintonizar un puñado de sueños que nos sacaran de esa infancia con una banda sonora militar.  
Los lunes eran de formación con “distancia” en el patio del colegio y la entonación de una canción nacional de “dos grandes estrofas” gobernadas por la mirada de la monja Directora como escaneando la disciplina que traía de su España anti Republicana.
El pelo debía estar a raya, jamás bajo el margen de la camisa. Formación en el patio. Mirábamos la bandera y los compañeros elegidos que debían canonizarla, como feligreses de una iglesia vacía.
Así transcurría casi toda la semana, con párrafos completos borrados de los libros de historia, Con Neruda recluido a “Crepusculario” y el renacer casi obligado de Gabriela Mistral a quien dedicaron -los gorilas de época- el billete más valedero de la Casa de Moneda: Las reconocidas “Cinco Lucas”.
Frías Valenzuela te debía entrar por las buenas y las malas y en Educación Cívica el profesor de la época, defendía la Constitución del 80 como emblema de la estabilidad.
Pero los domingos era otra cosa. Los domingos en la mañana, en medio de tanta oscuridad, siempre había un puñado de luz. (De las tardes dominicales no voy a hablar, porque Juan La Rivera hacía de las suyas con programas de baile y otras hierbas).
Los domingos en la mañana, en el canal católico aparecía un personaje con una increíble peluca y bigotes rosados, que ya había visto en la cumbre de unos cerros de Valparaíso, dibujando de manera alegre, todo lo que viniera, desde gatos a pájaros extraños en el Canal de Televisión de la Universidad Católica de Valparaíso.
Este tipo era alienígena, cercano al histórico Pujillay de Valparaíso y que se hizo famoso por sus dibujos en una fase final del “Cuanto Vale El Show”, cuando obtiene el segundo lugar. De ahí todo fue conocer el mundo con un atril en mano y un par de plumones y nosotros quedábamos maravillados.
Junto al rosado personaje, desfilaba un pájaro mezcla de avestruz y pajarraco con plumas pegadas al amparo de la cola o el engrudo que se hacía entender con un idioma como para despistar el espionaje de la época. Nadie entendía nada, pero ahí estaba su gracia.
Finalmente, párrafo aparte, merecía el otro compañero de programa que no era otro que el “Tío Valentín”. Aquel no era más ni menos que Valentín Trujillo, notable pianista cercano al Big Band y al gran concepto de orquestas de mediados del siglo XX, que gracias o (des)graciadamente por su participación en “Sábados Gigantes”, había pasado colado de la censura de las botas militares, al ser inevitable el recuerdo de su participación en “Pin Pon” y su colaboración en discos del entrañable sello DISCAP de la Unidad Popular. Allí este director de orquesta y profesor de música se soltaba a todo dar y lo veíamos correr en la faceta más rotunda del humor, con su buzo plomo y sus zapatillas blancas.
Este era el mundo del “Profesor Rossa”. Aún recuerdo las escenografías de cartulina que concluían con un mega dibujo al finalizar el programa y las respuestas a cuestiones tan elementales como la cantidad de ojos que tenía una mosca o cuánto vivía en promedio un cóndor o cómo se llamaba tal o cual sapito.
En la otra orilla del domingo infantil estaba “Cachureos” emitido por el canal estatal controlado abiertamente por los milicos. Sin embargo acá no había nada que controlar, puesto que todo era un descontrol total. Una borrachera de cabros chicos junto a los jugos Yupi. Una enjundia de griteríos y mocosos en vivo levantando sus globitos flauta, esperando la arenga del conductor y creador del programa: Un adicto al régimen castrense y cantante frustrado, que crea este mini imperio: “El tío Marcelo”. Este personaje, pertenecía a los jóvenes dorados que subieron el cerro Chacarillas, antorcha en mano, y homenajearon al gorila, cual hitlerjugend y que después posó piola unos segundos en la franja del “Sí”. El espacio infantil, reitero, era un verdadero hervidero de mocosos participando de concursos y gincanas donde al final te ganabas unas golosinas.
Acá no se aprendía nada, era todo frenesí, todo sexo sin condón, y la voz insoportable del Tío Marcelo doblando sus propias canciones y jugando con el Señor Lápiz, el Gato Juanito, Epidemia, La mosca, Chancho Man y cuánto otro pasara por la mente de este rubiecillo que paradójicamente llegó a tribunales y a demandas cruzadas por los derechos de autor de sus “obras musicales” y sus títeres gigantes que eran seres humanos bajo el trajecillo de esponja.     
 Mientras tanto, afuera no teníamos revistas, nos conformábamos con la literatura dirigida de la revista Ercilla, donde de repente pasaba algún autor ruso que esquivaba la censura de las botas. Ni Cubanos ni nada Eslavo. Sólo los tuvimos al alcance de la mano en librerías usadas por el sello Nascimento que educó a las nuevas generaciones en la clandestinidad. Las tareas escolares estaban a cargo de “Icarito”y las láminas que encontrábamos en la Feria.
En ese contexto, el mundo del “Profesor Rossa” era una pequeña luz, un alfiler en medio de una cruda madeja social que herviría pronto. Esperábamos el “Profesor Rosa” en medio del aislamiento, porque sólo éramos cordillera y mar, un par de diarios oficialistas y nada, absolutamente nada de lo que pudiera devenir en el mundo.
Pasan los años. Y en el inevitable café de la tarde hoy me llegan videos de esa época, videos del “Mundo del Profesor Rossa” (así, con dos “eses”) e invariablemente se me vienen tantas imágenes de un tiempo tan restrictivo, tan amarrado como los viejos botes al muelle y que con nuestra niñez no podíamos lanzar.
El mundo tiene vueltas, la vida tiene giros más inesperados que esas olas del mar que me dejaron tendido con la barriga al sol. Nuestro querido “Profesor Rossa” ha devenido en humorista de tono adulto, calzón en mano, chuchada en mano, vulgaridad a toda costa, como digno animador de una quinta de recreo, que el rey del mal gusto, un fulano de un programa de trasnoche se ha empeñado en construir para mi querido Chile.
 Ya no hay peluca rosada, sino toda la calaña de chiquillas en paños menores ofreciendo sus senos rellenos a una teleaudiencia ganosa y ardiente, que por la pantalla chica cubre sus más horrendas frustraciones. La sexualidad más básica que se encamina a matar nuestra infancia en dos, como la ronda de perros en torno al celo permanente.
Ya no hay plumones dibujando los pájaros del porvenir ni la mosca con sus ocho mil ojos, ni las edades del cóndor, ni las capacidades del cocodrilo. Nuestro profesor se ha reinventado en torno a la carcajada babosa de los que hicieron de mi país una bandera ordinaria y desechable.
Del “Tío Marcelo”, nada se sabe. Al menos terminó su griterío insoportable y egocéntrico.
Es cierto que ya no cantamos la canción nacional, formados de mayor a menor, los días lunes, frente a la sonrisa amarillenta de la monja directora; ni corre la censura de una época en que nos quisieron dejar enanos; sin embargo, nos fueron matando los recuerdos por sus propios protagonistas, esos que decidieron apagar la luz, cerrar el telón, sacarse el maquillaje para siempre y pasar a la otra orilla del río, esa de donde no se vuelve, donde otra vez se vuelven a amarrar los botes de ese Chile que fue mío y que hace rato dejamos partir.   


2 comentarios:

alma moreno dijo...

Es maravilloso leer a este escritor y poeta, que relata esta cruenta y asquerosa epoca, el era un niño de 8 añitos, como lo pudo marcar tanto? si el circulo en que crecio era opuesto a lo que fue forjandose en esa enorme capacidad de ver y sentir mas alla de una realidad horrorosa que nos envolvio. Señor Azar permitame felicitarlo y admirarlo cada dia mas. Su vieja admiradora Alma MOreno Gillet.

Santiago Azar dijo...

Doña Alma MOreno, permítame decirle que le llevo en el corazón.
Y nada. Yo sólo voy sacando tantas fotografías en blanco y negro que me dejó la infancia y la adolescencia.